EL MUNDO DEPORTIVO.- Un gol atípico en el Barsa de Cruyff, un tanto de cabeza, salvó al conjunto blaugrana de una derrota de imprevisibles consecuencias. El empate conseguido en Albacete se adivina un parche a los males de un equipo que ha cambiado su filosofía futbolística en apenas quince días. Porque el "once" que actuó ayer en el Carlos Belmonte nada tuvo que ver con el que encadenó cuatro triunfos consecutivos en las últimas Ligas. Ni con el que empezó esta temporada apostando por un sistema que, tras la marcha de Romario, parece definitivamente abandonado.
La ciudad manchega vio en acción un bloque con excesivas fisuras defensivas, sin un hombre que asumiera las riendas del juego -Guardiola volvió a sentarse en el banquillo y ni tan siquiera saltó al césped— y con una inoperancia ofensiva inusitada. Tres factores que explican perfectamente la metamorfosis blaugrana, perfectamente explotados por un Albacete que sacó petróleo de los nervios de la zaga barcelonista y que tuvo el triunfo en las manos prácticamente hasta el último suspiro. Sólo la entrega, el derroche y el entusiasmo de los hombres de Cruyff evitaron lo peor. Y el acierto de Abelardo, que consiguió su tercer gol en las cuatro últimas jornadas.
El técnico holandés es poco amante de primar las virtudes físicas por encima de las técnicas. Sin embargo, Cruyff parece haber modificado sus planteamientos en los más recientes compromisos del equipo. La ausencia de Romario, sin duda, es clave para explicar el porqué de estos cambios.
Ob1igado a retocar un esquema ideado en función del carioca, Johan ha recurrido a una táctica en la que el esfuerzo y la entrega cobran una especial importancia. El entrenador barcelonista prefiere llamarle mentalidad ganadora. Llamésela como quiera, lo cierto es que este Barça es más guerrero que otra cosa.
La tarde empezó torcida. Apenas habían transcurrido sesenta segundos cuando Sergi intentó un pase imposible que fue interceptado por Bjelica, cuyo disparo fue desviado por Busquets con tan mala fortuna que el balón quedó muerto a los pies de Dertycia, que no perdonó. Aquello fue el inicio de un carrusel de cambios de demarcaciones que provocó un descontrol general del que el Barça, curiosamente, salió bien parado.
Y es que el libro de Benito Floro es tan rígido que no pudo adaptarse a la incorporación de Bakero a posiciones de ataque en lugar de Korneiev, a los movimientos de Txiki y Hagi ni a las subidas de Amor, quien a los 19 minutos y en posición más que dudosa lograba el empate. La movilidad era grande, pero el acierto, escaso. Bakero no tenía su tarde, las apariciones de Hagi eran intermitentes y Korneiev, pese a mostrar una profundidad parecida a la del pasado domingo; fue un navegante solitario.
Restablecida la igualdad, todo apuntaba a que los blaugranas lograrían imponer su fútbol ante un rival teóricamente muy inferior. Los de Cruyff, sin embargo, no habían previsto que el "Alba" se encerraría en su propia parcela y que Oscar, Zalazar y Bjelica lanzarían peligrosos balones largos a Dertycia y Manolo, sus dos puntas, en busca del segundo tanto. Los nervios de la zaga barcelonista hacían temer lo peor.
Y lo peor llegó a los 32 minutos, en un nuevo despiste de Sergi, que fue aprovechado en esta ocasión por Zalazar para colgar un balón que Bjelica, colgado en el segundo palo, clavó en la red. La réplica, sólo un minuto después, a cargo de Nadal, cuyo disparo lamió el poste tras un rebote defensivo. Era, el barcelonista, un juego sin orden ni concierto, huérfano de un director de orquesta como Pep Guardiola, al que se comían los nervios en el banquillo y cuya clarividencia tanto echó en falta el Barça. Nadal, por mucho que lo intentó, no logró llenar el hueco dejado por el de Santpedor.
La derrota momentánea obligaba al Barça a plantear el segundo tiempo con una mentalidad mucho más ofensiva. Dejarse el partido en uno de aquellos campos en los que se gana la Liga era un riesgo excesivo, que los azulgranas no podían ni correr ni asumir. Su gran problema fue que enfrente había un equipo con una perspectiva muy distinta de la situación. Pertrechado atrás, el Albacete cedió voluntariamente la iniciativa a su rival; que fue incapaz de romper la muralla edificada ante el área de Molina.
El dominio ficticio ejercido por el Barcelona se vio excesivamente salpicado de pérdidas de balón que facilitaban las salidas a la contra de los locales. Bjelica por dos veces -minutos 48 y 51- obligó a Busquets a lucirse tras otras tantas indecisiones de Abelardo. A los 66, Nadal conectó un cabezazo que acabó en córner tras doble intervención del meta Molina. A los 74, Bakero no llegó a un buen servicio de Jordi y a los 76 se desató la polémica en una caída de Alejandro en el área azulgrana.
La presión visitante era asfixiante. Desacostumbrada en un equipo adscrito al toque, los apoyos cortos y la técnica por encima de todo. Los balones a la olla menudeaban, tal vez en exceso. Pero en uno de ellos apareció la cabeza salvadora de Abelardo —minuto 84— para conseguir un empate que premió el esfuerzo de un Barça que abandonó la seda y los tiros largos para vestirse de pana. De un equipo que se asomó de nuevo al abismo a los 90 minutos, en un durísimo disparo de falta a cargo de Zalazar que Busquets salvó desde la mismísima escuadra cuando ya se cantaba el triunfo manchego.
El 2-2 final acabó dejando un sabor agridulce en los paladares azulgranas. Elpositivo fue el justo premio para la brega azulgrana, pero en el Carlos Belmonte quedaron por resolver muchos de los interrogante que envuelven a este Barça. Demasiados. |